Progreso:

La aventura del Yukón (6 de 7)

Los encuentros del Yukón

Fort Selkirk, un punto de encuentro

Fort Selkirk es el punto de encuentro de dos grandes sistemas fluviales, el Yukón y el Pelly, que juntos drenan más de la mitad del territorio del Yukón. Esta confluencia ha provocado que tradicionalmente Fort Selkirk también haya sido el punto de encuentro de los diversos pobladores del Yukón y que haya sido testigo del encuentro de culturas a través de generaciones. Hoy en día Fort Selkirk constituye el punto idóneo para adentrarse al encuentro del pasado del Yukón.

Fort Selkirk

Algunas teorías afirman que los primeros humanos  llegaron a Norteamérica hace unos 40.000 años  cruzando el paso del estrecho de Bering. Así relata Félix Rodríguez de la Fuente esta increíble aventura:

El fondo del mar de Bering quedó al descubierto durante las últimas glaciaciones en una extensión mayor que la de todo Alaska. (…) Este paso permitió el acceso desde Asia hacia América de grandes contingentes faunísticos, compuestos principalmente por manadas de caribúes, renos, ciervos, bueyes almizcleros, mamutes y bisontes. Detrás de toda esta gran variedad de herbívoros vinieron los depredadores: los leones, los grandes tigres de dientes de sable, los osos, los lobos y, con ellos, el más extraordinario depredador de todos los tiempos: el hombre.”

La unión de los ríos Pelly y Yukón fue una vez el borde oriental extremo de Beringia, la legendaria tierra de la Edad de Hielo de los mamuts lanudos, leones, osos gigantes y castores gigantes y en la que vastos rebaños de bisontes, caballos y caribús pastaban los pastos de la tundra. Fue una época en la que el resto de Canadá estaba cubierto de glaciares de más de un kilómetro de espesor. Cuando los glaciares se derritieron, los primeros pobladores de América que seguían a los grandes rebaños se expandieron hacia el sur en el continente.

Los primeros habitantes de Fort Selkirk llegaron hace más de 10.000 años, antes del final de la edad de hielo, como atestiguan restos de herramientas de cuerno de caribú datados en 11.300 años. Desde entonces los Northern Tutchone han usado estos territorios durante sus desplazamientos estacionales en busca de pesca y caza. Fort Selkirk era un importante punto de pesca, al que los grupos familiares regresaban cada verano en busca de salmones.

Fort Selkirk ha sido también tradicionalmente un punto de comercio al que llegaban indios procedentes de otras zonas, especialmente los Chilkat, Tlingit de la costa, que intercambiaban con los indios locales sus pieles, carnes y vestidos por bienes de la costa como conchas, colmillos de morsa, obsidiana, grasa de foca o algas.

Los franceses y los ingleses llegaron hasta los territorios del Yukón y del Noroeste en el siglo XVIII. Les impulsaban por dos motivos principales: uno, encontrar el paso del noroeste, y otro, explotar la enorme riqueza peletera que ofrecía la fauna subártica. En todo caso, el área de Fort Selkirk tardó en ser explorada por los europeos. Robert Campbell fue el primer blanco en llegar y entrar en contacto con los Selkirk en 1848 cuando descendía el cauce del río Pelly para establecer un puesto de la Hudson Bay Company, compañía que llegó a tener el monopolio del comercio de pieles en los territorios del Yukón y del Noroeste.

Alejado de los centros de suministro del río Mackenzie y en consecuencia con pocos artículos para el intercambio, el nuevo puesto comercial tuvo poca influencia en la cultura de los Selkirk. Sin embargo, la aparición en la región de este nuevo actor provocó una gran preocupación en los Chilkat, que veían peligrar sus privilegios comerciales con los Selkirk. En 1852 un grupo de Chilkat asaltó y saqueó Fort Selkirk, obligando a Campbell y a sus hombres a huir, con lo que el puesto fue abandonado.

Con la fiebre del oro, Fort Selkirk tuvo otro momento de esplendor como punto de paso, llegando a convertirse en uno de los asentamientos más grandes e importantes del territorio. En esos momentos llegó a haber dos iglesias, una anglicana y una católica, y un puesto de la Policía Montada de Canadá, en una época de convivencia en paz entre indios y colonos. Posteriormente, la importancia de Fort Selkirk decayó, más aún con el fin de los barcos de vapor y con la construcción de la carretera del Klondike, que comunica Whitehorse y Carmarcks con Dawson City por una ruta alejada de Fort Selkirk.

Fort Selkirk
Fort Selkirk

La cercana Pelly Crossing es actualmente la principal comunidad de los indios de la Primera Nación Selkirk. A pesar de que en verano no viven en Fort Selkirk más de trece personas, continúa constituyendo el corazón de los territorios ancestrales de los Selkirk. Desde hace varias décadas, el Gobierno del Yukón junto al pueblo Selkirk están trabajando por la preservación, desarrollo y divulgación de Fort Selkirk, ofreciendo una oportunidad para que los turistas y otros viajeros del río nos encontremos con la Primera Nación Selkirk, con su cultura y con su historia.

Fort Selkirk
Fort Selkirk

Un paseo por Fort Selkirk, entrando en sus viejas cabañas restauradas, me permite vislumbrar cómo sería la vida de sus habitantes, tanto indios como colonos, en los tiempos previos a ser abandonado, allá por 1950. Cuando me siento dentro de una de las viviendas, me viene a la memoria ese episodio de “El Hombre y la Tierra” en el que Félix Rodríguez de la Fuente compartía varias jornadas con George Hoffer, uno de los últimos tramperos de Canadá, que vivía con su esposa en la antigua cabaña de un trampero del siglo XIX, convenientemente remozada. Era uno de esos episodios que hacían volar de niño mi imaginación hacia tierras lejanas y me mantenían absorto escuchando la voz de Félix:

“Amigos, estamos en la cabaña de un trampero.

De nuestro amigo George Hoffer.

Hemos venido desde muy lejos para encontrarle.

Porque pensamos que quedan ya muy pocas personas así,…

…muy pocas personas que pasen la vida entera,…

…él en compañía de su gentil esposa, Liz,…

…viviendo como aquellos famosos hombres, a los que hizo famosos…

…Jack London.

Vive de sus trampas, de su caza, y está permanentemente….

…en contacto con la naturaleza.”

“Estos personajes novelescos, como George Hoffer,…

…en el fondo dedican todas las horas de luz,…

…durante el otoño y el invierno,…

…a recorrer sus largas líneas de trampas.

Normalmente lo hacen en solitario.

Acompañados por los perros que conducen sus trineos;…

…en otras ocasiones a pie.”

En una cabaña en Fort Selkirk

Y ahora estoy sentado en una vieja cabaña en Fort Selkirk, cumpliendo los sueños de aquel niño que un día descubrió los bosques boreales y a sus habitantes de la mano de su amigo Félix.

Encuentro con lobos, osos, alces, castores y muflones de Dall

Desde Fort Selkirk, el Yukón avanza hasta Dawson City alejado de la carretera del Klondike y de los núcleos de población, por lo que en estos tramos empezamos a encontrarnos con más asiduidad con fauna salvaje.

La Naturaleza nunca se muestra como en aquellas láminas que ilustraban los tomos de “La Aventura de la Vida. Crónica de Viajes de Félix Rodríguez de la Fuente”, en las que se presentaban los principales habitantes de la taiga canadiense y de las Montañas Rocosas. En esos dibujos aprendí a reconocer al oso negro, al lince, al glotón, al alce, al oso negro, a la marmota, al caribú y a muchos otros animales que pueblan el Gran Norte y que aparecían reunidos en las ilustraciones.

Ilustración de “La Aventura de la Vida. Crónica de Viajes de Félix Rodríguez de la Fuente”
Ilustración de “La Aventura de la Vida. Crónica de Viajes de Félix Rodríguez de la Fuente”

En la realidad, los avistamientos de fauna son más esporádicos, pero por ello también más emocionantes, por inesperados. Durante todo el recorrido, pero sobre todo en estos últimos tramos en el Yukón, estamos disfrutando de la compañía de alces, osos, castores, muflones de Dall, águilas calvas, ardillas grises, ánades, barnaclas y otros animales que configuran el alma del bosque boreal.

Cuernas de alce en Carmarcks

 Nos cruzamos con un alce hembra y su cría que chapotean en el agua alejándose de nuestro paso mientras buscan refugio en una isla cercana. Son esos animales de los que Félix afirmaba que:

“Todos los que hemos vivido algunos meses de nuestra vida en la taiga, coincidimos en que el animal más característico de estas zonas es precisamente el mayor cérvido del mundo: el alce. Y ello porque se trata de un animal espectacularmente voluminoso, adornado, en el caso de los machos, con una enorme cuerna, y porque, gracias a su carácter ciertamente confiado, accede con gran frecuencia a ponerse ante los ojos de los raros visitantes de estas latitudes”

No tenemos suerte de sorprender al lince boreal, al glotón o a la marta. Todavía recuerdo cuando de niño leía los primeros fascículos de “La Aventura de la Vida” y el lince, el glotón y la marta eran los primeros animales que aparecían. Me recuerdo devorando ensimismado esas diez páginas enteras que hablaban del lince boreal: “En los territorios del noroeste del Canadá cada lince defiende, por supuesto que un tanto laxamente, dominios de hasta 30.000 hectáreas. Esta inmensidad, que no se repite en otras especies de linces, se debe a la necesidad de no agotar las especies del cazadero. Se ha calculado por otra parte, que para poder explotar su territorio el lince canadiense se ve obligado a caminar hasta veinte kilómetros diarios” ¡Como para encontrarnos con algún lince, algún glotón o alguna marta! Tenemos que dejar que sean Félix y el trampero los que nos hablen de ellos:

“Algo brilla en el fondo de los ojos de nuestro amigo Jürguen Jöffer cuando nos ponemos a hablar de la marta. Seguramente esa misma chispa que ha animado durante siglos a los tramperos de todas las épocas, porque este bellísimo mustélido posee una de las pieles más hermosas, densas y, en consecuencia, apreciables comercialmente del mundo”.

 “Su piel es seguramente la más preciada en estas frías comarcas, pues tiene la propiedad de repeler el hielo. Es usada, por tanto, principalmente para forrar los grandes capuchones de las parcas que todos los humanos que se atreven a desafiar el invierno en estas latitudes se endosan. Precisamente la mujer de Jürguen es experta en la confección de estas prendas, y de mocasines, como ya dijimos, para los que también la piel de un glotón resulta inestimable”

En una de las paradas que hacemos para almorzar descubrimos en la orilla unas grandes huellas, que resultan ser de un enorme lobo. Fantaseo con que sean las huellas de Buck, el perro protagonista de la novela de Jack London que un día escuchó “La llamada de lo salvaje”: “De no ser por algunos pelos marrones aislados en el hocico y sobre los ojos, y por el plastrón de pelo blanco que le bajaba por el pecho, habrían podido tomarlo (a Buck) por un lobo gigantesco, más grande que el más grande de su raza”.

Huella de lobo en el Yukón
En el Yukón

De todos, el oso era el animal que más ilusión me hacía ver en el Yukón. Tenemos la fortuna de ver varios osos negros caminando tranquilamente por la orilla del río, parece que en busca de bayas, que este año han aparecido antes de lo habitual. Resulta emocionante navegar a escasa distancia de un oso, que por su parte no parece emocionarse ni alterarse lo más mínimo por nuestra presencia. Esa emoción ante un oso la expone también Félix:

“La mirada frontalizada, el andar plantígrado, la capacidad de erguirse sobre sus cuartos traseros, la extrema habilidad para capturar con sus garras desde una hormiga a un enorme uapití, junto con su propensión al juego, su extremada curiosidad y la ejecución, harto frecuente, de actos sólo justificables por el más arbitrario de los caprichos, nos llevan a nosotros, cautivados ahora por la contemplación de los osos, y han llevado – sobre todo en el pasado – a cazadores y naturalistas a una irresistible atracción que se traduce en una afirmación, que en realidad puede hacerse acerca de muy pocos animales: hoy conocemos casi perfectamente todas las peculiaridades de la vida de los osos”.

Oso negro en el Yukón
Oso negro en el Yukón

Otros animales con los que nos estamos encontrando con frecuencia en el río son los castores y sus aparatosos diques, las barnaclas canadienses y diversos tipos de patos, las águilas calvas o pigargos americanos, que tienen sus atalayas en “primera línea de orilla” o las ardillas grises que acuden cada tarde a nuestros campamentos. Animales que también acompañaron a Félix Rodríguez de la Fuente en su aventura canadiense:

“Entre los rastros, que vienen a suponer una especie de testimonio irrefutable de la presencia de los animales, aunque no acertemos a descubrirlos con nuestra vista, los más abundantes en las inmediaciones de la vivienda de Jürguen son los de ardilla”.

“He visto muchas rapaces en mi vida. Podría afirmar incluso que toda mi actividad como naturalista ha girado en torno a la práctica de la cetrería (…), pero jamás agregación alguna de animales – ni siquiera esos rebaños de miles de antílopes, cebras y ñúes- me ha asombrado tanto como la masa de más de 3.000 águilas calvas que pudimos filmar el verano pasado en Alaska”.

“Pronto tuvimos que hacer uso de nuestros inseparables auxiliares, los prismáticos. Un ánade, de entre los muchos que sin duda esconden sus nidos en las orillas del lago, intentaba simular incapacidad (…) para alejar a los posibles enemigos de su pollada a base de atraer sobre sí la atención del merodeador (…)”.

“Como lo hicieron los antiguos cazadores de pieles,……buscamos un roedor que está en el escudo del Canadá……junto a la hoja del arce. Me refiero, amigos míos, al castor”.

Barnaclas canadienses en el Yukón

Encuentro con el White River

Casi sin darnos cuenta, el río se empieza a enturbiar y a tomar un tono blanquecino. Hemos llegado al punto en el que el White River se encuentra con el Yukón. El White River nace en las cercanas montañas del Kluane, en las que se alza el monte Logan, que con casi 6.000 metros es el más alto de Canadá. Además, allí se localiza el conjunto de glaciares más importante del mundo fuera de las regiones polares. El agua blanquecina sobre la que navegamos es por lo tanto agua procedente de los glaciares del Kluane.

Tengo la sensación de acercarme a otra de las imágenes televisivas de mi niñez, esa en la que el equipo de “El Hombre y la Tierra” vuela hasta los glaciares del Kluane para gravar a los muflones de Dall y se ve sorprendido por una fuerte tormenta que les obliga a una arriesgada escapada en helicóptero.

Hasta el momento nosotros sólo hemos podido distinguir a las manadas de muflones de Dall como pequeños puntos blancos que se mueven en lo alto de las montañas. De pronto, una solitaria hembra, seguramente despistada y perdida, parece saludarnos desde la orilla del río. En todo caso, no es la vívida imagen de los muflones de Dall recorriendo altivos las montañas del Kluane que describía Félix:

La visión de una larga fila de cornudas manchas blancas ascendiendo lentamente sobre la pequeña senda ya trazada por el paso del tiempo, a través de la pendiente de las montañas de Kluane, es un espectáculo que ha quedado grabado en nuestra mente y en la de muchos valerosos exploradores. Perfectamente adaptado a la vida en estas inhóspitas regiones, los carneros de Dall son capaces de alimentarse de musgos y líquenes, casi las únicas formas de vida vegetal que sobreviven a la acción demoledora del hielo y del viento en semejantes alturas.”

Encuentro con el Stewart River

Unos pocos kilómetros más adelante, el Yukón se encuentra con otro río de nombre evocador, el Stewart River. Cerca de la desembocadura del Stewart River está el lugar en el que Jack London pasó su primer invierno en el Yukón, cuando la llegada del frío les forzó a él y a sus compañeros a ocupar una cabaña junto al Stewart y esperar hasta la primavera para retomar la ruta hacia el ansiado Dawson City. Jack London escuchó en la cabaña innumerables relatos de aventuras de buscadores de oro, de indios, de tramperos, de perros, de lobos y de otros animales. Ese invierno gestó una de las primeras novelas que leí en mi niñez y que también me hizo soñar con el Gran Norte: “La Llamada de lo Salvaje”.

La Llamada de lo Salvaje es la historia de Buck, un perro de una familia acomodada de la costa oeste de Estados Unidos que es robado y vendido como perro de trineo durante la fiebre del oro del Klondike. Buck ve como su confortable estilo de vida se  desvanece y llega a un mundo en el que solo el más fuerte sobrevive. Poco a poco va sintiendo la llamada de lo salvaje al escuchar el aullido de los lobos, pero sus lazos con los humanos son aún más fuertes. Cuando un grupo de indios mata a su dueño, comprende que es el momento de hacer caso a la llamada de sus nuevos compañeros, los lobos. Jack London lo narraba de forma evocadora:

 “Una llamada resonaba en lo profundo del bosque y, cada vez que la oía, misteriosa, emotiva y atrayente, se sentía empujado a volver la espalda al fuego y a la tierra hollada a su alrededor para sumergirse en la espesura y seguir adelante, sin saber hacia dónde ni por qué, ni preguntárselo siquiera, tan imperativa era la llamada de las profundidades del bosque. Pero en cuanto llegaba a la suave tierra virgen y a la sombra de los árboles, el amor por John Thornton lo atraía de nuevo hacia el fuego.”

“Una noche despertó sobresaltado con la mirada ansiosa, las aletas nasales husmeando temblorosas, la pelambre encrespada en olas sucesivas. De la selva llegaba la llamada (o una nota de las muchas melodías de la llamada), clara y definida como nunca: un prolongado aullido, semejante y sin embargo diferente al producido por cualquier perro esquimal. Y Buck reconoció, en su familiar carácter ancestral, un sonido que ya había oído antes. De un salto atravesó el campamento dormido y en silencio se internó en el bosque. Según se fue acercando aflojó el paso prestando atención a cada movimiento, hasta que llegó al borde de un claro entre los árboles y al mirar vio, erguido sobre las ancas, apuntando al cielo con el hocico, a un largo y escuálido lobo gris.”

“Sin embargo, el valle recibe todos los veranos una visita de la que los yeehat no llegan a enterarse. La de un gran lobo de espléndido pelaje, parecido, y sin embargo distinto, a todos los demás lobos. Atraviesa solitario la venturosa región de los bosques hasta alcanzar un claro entre los árboles. Allí fluye una corriente de aguas amarillas por sacos podridos de piel de alce que se hunde en la tierra, entre altas hierbas que protegen del sol ese amarillo, y allí permanece un rato y aúlla una vez de un modo prolongado y lastimero antes de partir.

Pero no siempre está solo. Cuando llegan las largas noches de invierno y los lobos siguen a sus presas en los valles más bajos, se lo puede ver corriendo a la cabeza de la manada bajo la pálida luz de la luna o el leve resplandor de la aurora boreal, destacando con saltos de gigante sobre sus compañeros, con la garganta henchida cuando entona el canto salvaje del mundo primitivo, el canto de la manada.”

Pasamos nuestra última noche en el Yukón en una pequeña isla desarbolada del río a escasa distancia ya de Dawson City. Las últimas jornadas han sido las más largas y hemos llegado a estar remando más de doce horas en un día. En esos ratos de ritmo monótono con el paisaje uniforme de la taiga de fondo, el río invita a reflexionar.

Pienso en todas las aventuras de las que ha sido testigo el Yukón. Aventuras de indios, de cazadores de pieles, de buscadores de oro y de todo tipo de personajes que un día sintieron la llamada de lo salvaje y se lanzaron al río y a su destino.

Pienso en mi aventura a lomos de esta pequeña canoa que hace que se me duerman las piernas. El Yukón era un sueño, un sueño de aventuras de mi niñez.  Pero pienso que mi verdadera aventura no está aquí. Somos muchos los enganchados a “escaparnos” y recorrer lejanas tierras siempre que tenemos la oportunidad. Sin embargo, los viajes son una oportunidad, no para escapar de nuestra vida cotidiana, sino para que, al conocer otras realidades, tomemos nuevas perspectivas con las que reconocernos mejor en la verdadera aventura de nuestra vida. Porque, en realidad, la vida es lo que nos pasa entre viaje y viaje.

Canoa en el Yukón

El último tramo del río presagiaba un corto y placentero descenso hasta Dawson City, saboreando las paladas finales y rememorando cada una de las paladas ya dadas en nuestro recorrido. Sin embargo, el Yukón todavía nos deparaba una última enseñanza. Después de muchos días con sol, calor y tormentas vespertinas, los últimos días el tiempo había ido empeorando. Esta mañana nos hemos levantado con frío y el cielo completamente cubierto. Previendo un duro trayecto, nos hemos puesto toda la ropa de abrigo posible y hemos empezado a remar. Al poco rato ya veíamos que la temperatura no subía y el cuerpo no se calentaba con el ejercicio físico. Finalmente, hemos tenido que hacer una parada para almorzar y ponernos aún más ropa ante los primeros síntomas de hipotermia en el grupo. Y eso que todavía estamos en julio, en pleno verano. En pocas horas, el Yukón nos ha mostrado su verdadera cara. El Yukón no es ese río en calma que hemos recorrido en bañador contemplando osos que comían bayas perezosamente en las orillas. En realidad, el Yukón es un río implacable que, al margen de turistas de paso como nosotros, sólo acoge a personas realmente dispuestas a amoldarse a sus exigencias. Por eso ésta sigue siendo una tierra salvaje y la aventura del Yukón una aventura de verdad.

Encuentro con el Klondike River

Finalmente, tras una curva, aparecen a nuestra derecha el Klondike y Dawson City. Llegar por fin a un lugar tan legendario después de una intensa travesía nos colma de emoción. Como carta de presentación del Klondike, prefiero tomar prestados los párrafos de un panel junto al río:

“Estás en el territorio tradicional de los Tr’ondëk Hwëch’in. Justo río arriba, donde los ríos Yukón y Klondike se encuentran, los Tr’ondëk Hwëch’in una vez capturaron y secaron salmón. Ellos llamaron al río tributario Tr’ondëk (agua de martillo de piedra), ya que martilleaban estacas en el fondo del río para construir trampas de peces. Aunque los Tr’ondëk Hwëch’in han conocido esta tierra íntimamente durante miles de años, para los integrantes de la fiebre del oro, esta remota zona era «una tierra donde las montañas no tienen nombre». A medida que estos recién llegados desbordaban el terreno donde hoy se destaca Dawson, los Tr’ondek Hwëch’in se trasladaron aguas abajo a Moosehide, protegiendo su lengua y cultura tradicional de la abrumadora influencia de la fiebre del oro.”

En el Yukón

Es el momento de una última foto de grupo junto al Yukón, antes de saborear de un merecido descanso y unas merecidas cervezas en Dawson City.

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