Un relato forestal viajero por el Yukón en 2016
Muchos de los que nacimos a principios de la década de los 70 tenemos entre nuestros primeros recuerdos televisivos esa sintonía hipnotizante que anunciaba el inicio de un nuevo episodio de “El Hombre y la Tierra”. Era el momento esperado del día en el que el gran Félix Rodríguez de la Fuente nos atrapaba con su hipnotizante tono de voz y nos hablaba a nosotros, sus queridos amigos, del águila real, del lobo ibérico o del abejaruco.
Félix Rodríguez de la Fuente consiguió enganchar a la causa de la conservación de la Naturaleza a todo un país y, sobre todo, a una generación de niños para los que las andanzas del lirón careto o del alimoche se convirtieron en parte de nuestra vida.
La aventura de la vida de Félix Rodríguez de la Fuente se vio truncada en un desgraciado accidente de avioneta cuando intentaba contarnos los secretos del Gran Norte, en Alaska. Sin embargo, la semilla que con tanta energía cultivó echó raíces en muchos de nosotros, inoculándonos su amor a la naturaleza y a la vida.
Unos pocos años después y animado por un amigo, convencí a mis padres para que nos suscribiéramos a una colección de fascículos semanales que acababa de salir a la venta. Era ni más ni menos que “La Aventura de la Vida. Crónica de Viajes de Félix Rodríguez de la Fuente”. Sin saberlo, o tal vez a propósito, mis padres consiguieron que esa semilla se convirtiera en pasión y en el anhelo de conocer directamente todos esos lugares, animales y personas a lo largo del mundo a los que nos llevaban imaginariamente Félix y el equipo que retomó su trabajo inacabado.
Me recuerdo llegando los martes al mediodía a casa, impaciente por abrir el nuevo fascículo semanal de «La Aventura de la Vida”, que posiblemente contaría la vida de los lémures de Madagascar, del jaguar de la Amazonía o de los inuits del Ártico.

Recuerdo sobre todo los primeros fascículos, los que me engancharon sin remedio a intentar conocer y comprender nuestro fascinante entorno. En esos primeros capítulos, Félix me hablaba de la taiga canadiense, del bosque frío habitado por osos, alces, castores, indios y tramperos. Y yo sabía que un día iría hasta allí.

Fue precisamente en los territorios canadienses del Yukón y del Noroeste, donde durante el verano y el otoño de 1979 se grabaron los últimos episodios de “El Hombre y la Tierra”. Así, pudimos aprender que existía un paraíso de las águilas calvas; que los castores sabían recomponer con presteza una vía de agua abierta por “graciosos” visitantes en sus enormes diques; que el clima de las montañas podía ser traicionero tanto para los muflones de Dall como para un preparado equipo de filmación; que aún hay quienes prefieren el contacto con la Naturaleza a las comodidades de la vida moderna, como los últimos tramperos; o que todavía estamos a tiempo de contemplar algunos de los más impactantes espectáculos de la Naturaleza, como la migración de los caribúes.

Félix Rodríguez de la Fuente dejaba escrito en el prólogo de “La Aventura de la Vida” acerca de la migración de los caribúes:
“Este es uno de los espectáculos más hermosos que pueden contemplarse en la naturaleza. Todos los viajeros que han tenido la oportunidad de ver los caribúes en migración han destacado la increíble belleza de su paso (…) Pero la llegada del caribú, celebrada con cánticos y con danzas por los indios del Gran Norte, ha sido un espectáculo vedado a la inmensa mayoría de los humanos hasta la última década. Eran necesarias largas y costosas expediciones. Había que viajar durante todo el verano y el otoño sobre caballerías para instalarse en los bosques subárticos antes de la arribada de los nómadas de la tundra. Era preciso contar con tiros de perros para retornar hacia el sur en trineo si los expedicionarios no querían exponerse a ser atrapados por el invierno en una de las regiones de clima más duro de la Tierra.”
Por suerte para mí, hoy en día es mucho más sencillo viajar al Gran Norte. Basta un billete de avión y una reserva con una agencia de viajes para que se hagan realidad los viejos deseos infantiles de recorrer los míticos territorios del Yukón.
Estamos a punto de comenzar un viaje al Yukón organizado por la agencia Tierras Polares. Una travesía que denominan “La Ruta del Oro. Descenso del Yukón” y en la que seguiremos bastante fielmente la ruta que miles de buscadores de oro emprendieron a finales del siglo XIX desde la costa del Pacífico hacia el corazón del Yukón.
Desde Skagway, en la costa sur de Alaska, vamos a iniciar un trekking de cinco días en el que atravesaremos la cordillera costera por el mítico Chilkoot Pass hacia la cuenca del Yukón. Un breve vuelo en hidroavión nos acercará después a Whitehorse, la capital del Yukón, donde cambiaremos las botas por los remos. Durante once días descenderemos en canoa más de ochocientos kilómetros por el Yukón hasta Dawson City, nuestro destino final y que un día también lo fue de la fiebre del oro del Klondike.

Los relatos de Félix Rodríguez de la Fuente me van a acompañar en este viaje por el Yukón, en un homenaje a su labor divulgativa y a mi niñez. Y junto a Félix Rodríguez de la Fuente me van a acompañar otros escritores. Esta misma ruta la realizó en 2006 Javier Reverte y la reflejó en su novela “El río de la luz”. Mucho antes, la siguió el mismísimo Jack London, que como Félix, alentó mi espíritu viajero infantil con novelas como “La llamada de lo salvaje”, ambientada en plena fiebre del oro del Klondike.
La fiebre del oro fue una aventura de novela y novelada. El 14 de julio de 1897 el buque Excelsior atracó en San Francisco y tres días después el Portland entró en el puerto de Seattle. En ambos barcos llegaban decenas de mineros procedentes del Yukón con más de dos toneladas de oro. Casi un año antes, el 16 de agosto de 1896, se había encontrado un gran filón de oro en Bonanza Creek, muy cerca de la confluencia de los ríos Klondike y Yukón, en donde se erigió Dawson City.
La noticia del descubrimiento de oro en el Klondike corrió como la pólvora y desencadenó una auténtica estampida. Entre 1897 y 1899, cerca de 100.000 personas se lanzaron a una aventura en busca de oro. Muchos murieron en el camino; solo unos 30.000 consiguieron llegar al Klondike; únicamente unos 4.000 encontraron oro y unos escasos cientos se hicieron ricos.
Los que tenían dinero para pagarlo se embarcaron hacia Dawson City por vía acuática, remontando el Yukón desde su desembocadura en St. Michael, en el noroeste de Alaska. Otros intentaron llegar por tierra atravesando el interior de Canadá desde la provincia de Alberta;. La mayoría, sin embargo, emprendió el periplo descendiendo el Yukón desde su nacimiento en la cordillera costera, cordillera que previamente tenían que ascender a través de los peligrosos pasos del White Pass o del Chilkoot Pass.

Javier Reverte recoge en “El río de la luz” los testimonios del periodista Tappan Adney, que viajó con la estampida y que reflejan la locura colectiva que supuso la fiebre del oro del Klondike:
“El país entero se ha vuelto loco con el asunto del Klondike.”
“Jamás he visto a la gente actuar como lo hacen aquí. Casi todos han perdido la cabeza y el sentido común. No he visto nunca hombres comportarse de tal modo. No tienen ni la menor idea de adónde van… Vienen de despachos y oficinas, no saben lo que es ascender una montaña con peso sobre sus hombros y no están acostumbrados a ninguna tarea dura…”
Sin embargo, la fiebre del oro del Klondike no ha sido la primera, ni seguramente la más importante de las aventuras que se han vivido en los territorios del Yukón. Y nosotros estamos a punto de comenzar nuestra pequeña aventura del Yukón.

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