3. Las civilizaciones de Yucatán
El cenote Sagrado está unido por una calzada de 300 metros con Chichén Itzá, uno de los más espectaculares sitios arqueológicos mayas. Chichén Itzá en realidad solo prosperó tras el ocaso de las poderosas ciudades-estado del periodo clásico como Tikal y Calakmul. Y aunque ya había sido abandonada a la llegada de los conquistadores, éstos conocieron de su existencia desde el primer momento, al contrario de muchas otras ruinas mayas, ocultas durante siglos por la selva. Durante la época colonial Chichén Itzá se mantuvo como el principal destino de peregrinaje de los mayas, que acudían a arrojar ofrendas al cenote Sagrado. En la actualidad, las peregrinaciones mayas a Chichén Itzá se han sustituido por otra peregrinación más moderna: la de los miles de turistas que acuden cada día a visitar la que es una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno.


El Castillo o pirámide de Kukulkán, “la serpiente emplumada”, es el monumento más impactante de Chichén Itzá y seguramente de todas las antiguas ciudades mayas. Se alza majestuoso en el centro de la gran plaza central y entre sus formas geométricas destacan las cuatro empinadas escalitas que ascienden hasta el templo superior y cuyos 364 escalones, junto al de la entrada al templo, representan los 365 días del año solar. En la base de la escalinata principal hay esculpidas dos grandes cabezas de serpiente y en los equinoccios de primavera y otoño, las sombras de los escalones asemejan a la serpiente emplumada descendiendo desde el templo superior.
Pero Chichén Itzá no es solo la pirámide del Castillo. El Caracol es un peculiar edificio circular que parece ser que cumplía una función de observatorio astronómico y que los conquistadores denominaron así por la escalera de caracol que tiene en su interior. La astronomía fue una de las ciencias con mayor desarrollo por la civilización maya, que llegó a utilizar varios ciclos temporales: el ciclo adivinatorio o tzolkin de 260 días, el año solar o haab de 365 días y el ciclo grande o “cuenta larga” de 5.200 veces 360 días.

El Juego de Pelota de Chichén Itzá es el más grande de toda Mesoamérica. Aprovechando que casi todos los turistas se refugian del sol en la escasa sombra que proyecta uno de los muros verticales del juego, me acerco al otro muro para fotografiar el anillo de piedra por el que los contendientes tenían que hacer pasar la pelota. El Juego de Pelota tenía más de ceremonial que de deporte y solía terminar con la decapitación del capitán del equipo perdedor o, en algunos rituales, el del equipo vencedor.
Conviene iniciar la visita a Chichén Itzá en la mañana temprano, antes de que el sol yucateco del mediodía convierta la gran plaza central en un horno al que solo el espíritu adolescente de las multitudes de turistas se atreve a desafiar. Mientras, los vendedores locales esperan a la sombra junto a sus artesanías.

Me acerco a varios artesanos que aprovechan la espera tallando máscaras de madera. Me comentan que utilizan madera de Cedro (Cedrela odorata) que, debido a su escasez, obtienen de plantaciones. En vano intento aclarar a uno de los artesanos que su cedro no es el que se menciona en la Biblia y que se trata de un árbol local que no fue introducido por los españoles desde el Próximo Oriente.


Las selvas del extremo noroeste de la Península de Yucatán forman parte del llamado bosque seco o caducifolio, en el que muchos de sus árboles pierden las hojas en el periodo seco primaveral. En la guía de CONAFOR “Árboles multipropósito de la Península de Yucatán de importancia agroforestal” aprendo acerca de las características y los usos de los árboles de Yucatán. En estas selvas secas abundan especies como los ya mencionados Cedro y Chicozapote, el llamativo Chacá o Palo Mulato (Bursera simaruba), el tóxico Chechén Negro (Metopium brownei), el pionero Tzalam (Lysiloma latisiliquum), el medicinal Jobo (Spondias bombin), el maderable Laurel (Cordia alliodora), el nutritivo Ramón (Brosimum alicastrum) o la enorme Ceiba (Ceiba pentandra). Por su parte, la Caoba (Swietenia macrophylla) prefiere las selvas húmedas o perennifolias del sur de Yucatán, allí donde se desarrollaron los ejidos forestales de Quintana Roo para aprovechar su demandada madera.
Los actuales mayas han conservado el conocimiento tradicional de la selva de los antiguos pobladores de Chichén Itzá, que se caracteriza por el uso múltiple de muchas de sus especies forestales. Un conocimiento profundo de ecología forestal que se plasma en leyendas como la del Chechén y el Chacá, que trascribo desde la web de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR):

“En la selva de Quintana Roo se cuenta la leyenda de dos príncipes guerreros mayas, los hermanos Kinich y Tizic que poseían fuerza y habilidades extraordinarias. El menor, Kinich, era gentil, bondadoso y amado por todos, mientras que Tizic, el mayor, era arrogante y despiadado. En el mundo dualista de los mayas, que parte del principio del bien y el mal, Kinich representaba los poderes de la naturaleza para el bien y Tizic atraía el dolor y el mal. Ambos se enamoraron de la hermosa Nicté-Ha y dispuestos a competir por su amor se declararon un duelo a muerte. Tras una sangrienta batalla ambos hermanos perecieron. Ya en el inframundo suplicaron perdón a los dioses y una oportunidad para regresar al mundo de los vivos y ver a Nicté-Ha por última vez. Los dioses mayas, conmovidos por la tragedia, les concedieron volver a la tierra, la condición fue que debían estar juntos. Tizic renació como chechén (Metopium brownei), árbol urticante cuya resina provoca quemaduras y llagas en la piel, incluso la sombra o el rocío puede afectar a personas muy sensibles. Kinich se convirtió en chacá (Bursera simaruba), árbol cuyo néctar es capaz de aliviar lo provocado por el chechén, es el antídoto. En la selva donde se encuentra un chechén habrá cerca un chacá, es el equilibrio de la naturaleza.”
Para la visita a Chichén Itzá establezco mi campamento base en la cercana Valladolid. Todo un acierto. Valladolid es una pequeña ciudad colonial con un ambiente agradable y tranquilo muy diferente al de los grandes centros turísticos de Yucatán como Cancún. Para disfrutar de Valladolid no hace falta nada más que dar un relajado paseo por su coqueta plaza central, flanqueada por la Iglesia de San Gervasio. Sin embargo, esta bucólica imagen no es más que el reflejo de un conflicto que persiste con mayor o menor intensidad desde que los conquistadores arribaron a estas tierras mayas. En efecto, la Iglesia de San Gervasio se construyó con los restos de una pirámide maya que en su momento se levantaba en el parque y que los españoles desmantelaron al asentarse en el lugar.

Un poco más alejado del centro merece la pena llegar hasta el Exconvento de San Bernardino de Siena, que tiene fama de ser la construcción cristiana más antigua de Yucatán. Cuando llego al convento veo que sobre sus muros se está proyectando un espectáculo de luces. Se trata de un audiovisual sobre la historia de la ciudad que se exhibe casi todos los días al anochecer. Por desgracia, solo he llegado a la versión en inglés y no me entero bien de lo que cuentan. En un momento dado, la fachada se llena de cadenas. Imagino que están hablando de la Guerra de Castas.

La Guerra de Castas fue un conflicto racial que surgió en Yucatán en 1847 provocado por la situación de pobreza y desigualdad social a la que era sometida la población indígena maya por parte de las élites blanca y criolla. El inicio de la revuelta tuvo lugar precisamente en Valladolid, donde incluso se prohibía a los indígenas acceder a la ciudad. Valladolid fue incendiada durante la Guerra de Castas y nunca recuperó su antiguo esplendor. El conflicto se amplió a todo Yucatán y no terminó oficialmente hasta 1901, después de casi 60 años de lucha y cerca de 250.000 muertes.
Tras las cadenas rotas, sobre la fachada del convento van apareciendo las imágenes de vías de ferrocarril y trenes que las recorren con sus locomotoras a vapor. Supongo que el narrador en inglés habla del progreso que llegó a la ciudad a lo largo del siglo XX. Sin embargo, yo imagino que está hablando de otro “progreso” que está a punto de llegar ya en el siglo XXI y que ha generado un nuevo conflicto social en la zona: el proyecto del Tren Maya, que partiendo de Cancún pretende recorrer toda la Península de Yucatán.


A principios de los años 70, Cancún era un pequeño pueblo de pescadores en el extremo noreste de la Península de Yucatán. Algo más de 50 años después, en 2022 el aeropuerto de Cancún recibió la friolera de 30 millones de pasajeros. Cancún es el paradigma de un modelo de desarrollo basado en un turismo de masas muy diferente al que vengo buscando. Pero no me resisto a visitarlo.


De día paseo por las playas de Cancún y sus grandes complejos hoteleros y resorts. De noche, me acerco a la zona de bares y discotecas. Entiendo a los que denuncian que el modelo de “turismo de sol y playa” con el que soñaba Cancún ha derivado hacia un modelo de “turismo sexual” y “narcoturismo”, que además ha incrementado la criminalidad organizada. Con excepción de Playa del Carmen y en cierta medida Tulum, el modelo de desarrollo de Cancún no se ha extendido al resto de la Península de Yucatán y de la Selva Maya, que se mantiene como uno de los destinos de turismo ecológico más importantes del mundo con su mezcla de selvas y ruinas mayas.
El Tren Maya es un megaproyecto de infraestructura y desarrollo socioeconómico y turístico mediante el que se prevé la construcción de una vía férrea de unos 1.500 km entre Palenque y Cancún en dos ramales que atravesarán los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Uno de los principales objetivos del Tren Maya es promover el desarrollo turístico de la Península de Yucatán al facilitar el acceso a zonas poco conectadas como Calakmul y conectar los principales polos de atracción del turismo de masas como Cancún y Chichén Itzá con otros menos desarrollados como Palenque o Valladolid.
En los escasos días que paso en la zona escucho voces muy favorables al desarrollo que traerá el Tren Maya y otras muy críticas por los importantes efectos negativos que puede acarrear. Las voces que se alzan en contra consideran que el proyecto del Tren Maya pretende exportar el modelo de turismo de masas de Cancún. Un modelo en el que, según el documento “Producción de territorialidades y resistencia a los megaproyectos en la región maya”, las comunidades mayas locales “corren el riesgo de ser despojadas de su sentido original, vaciarla de su contenido y dinámica propias y reducir su valor a la capacidad de venta y generar ganancia” Un modelo que no tiene en cuenta el extraordinario valor ecológico de la Selva Maya.

Cerca de Akumal he tenido la oportunidad de comprobar la enorme brecha que las excavadoras de las obras del Tren Maya están abriendo en la selva yucateca. Unos pocos días antes, en Tulum me había llamado la atención un pequeño monolito en honor a un puma muerto al atravesar la carretera por ese punto, “víctima del desarrollo desenfrenado de Tulum” y en el que se pregunta si “¿Fue el puma que cruzó la carretera o fue la carretera que cruzó el camino del puma?”. ¿Cuántas veces se tendrá que repetir esta pregunta por cada puma o cada jaguar muerto “víctima del desarrollo desenfrenado del Tren Maya”?


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