2. Yucatán, entre la selva y el agua
Las ruinas mayas de Tulum no exhiben la grandiosidad de Chichén Itzá o Tikal. Sin embargo, cuentan con una característica que las hacen únicas; Tulum se alza sobre la misma costa del mar Caribe.
La costa caribeña de Yucatán en el estado de Quintana Roo se ha convertido en uno de los principales reclamos turísticos de México. Con epicentro en Cancún, la llamada Riviera Maya acogió en 2022 casi 20 millones de turistas atraídos por sus playas, selvas y ruinas mayas. Yo he elegido la ciudad de Tulum como mi punto de partida para intentar visitar la península de Yucatán en poco más de una semana.
A lo largo de la historia, las tierras bajas de Yucatán han sido testigo de la llegada de diversos grupos humanos; en todo caso, ninguno tan numeroso como la actual oleada turística. Y seguramente, tampoco tan impactante.

La civilización maya no conoció su esplendor en el norte de Yucatán hasta el inicio del periodo posclásico, tras el colapso en el siglo IX de las grandes ciudades-estado del período clásico maya como Tikal y Calakmul.
Localizada en la parte central de la península de Yucatán, la que hasta entonces no pasaba de ser una pequeña localidad, se convirtió entre los siglos XI y XIII en la ciudad más importante de toda la región maya: Chichén Itzá. Por su parte, Tulum no pasó de ser una pequeña ciudad fundada hacia 1200 para servir de puerto comercial en la costa este de Yucatán. Tulum tuvo su apogeo en un periodo muy tardío, hacia el año 1400, coincidiendo con la decadencia de Chichén Itzá y Mayapán y estaba todavía habitada en 1518, cuando aparecieron por el mar los conquistadores españoles.
Las caras de asombro e incredulidad que debieron poner los antiguos dirigentes mayas cuando asomados en lo alto del Castillo, el mayor edificio del recinto, vieron aproximarse por primera vez un barco de vela español a las costas de Tulum, no debió ser muy diferente a la que ponen hoy en día los habitantes más viejos del lugar cuando ven acercarse por mar diariamente decenas de barcas a motor repletas de turistas atraídos por las aguas turquesas del Caribe y por sus fabulosos fondos coralinos. Lo que para algunos representó el encuentro de dos culturas y para otros fue simplemente una colonización, es en realidad un proceso que continúa escribiendo su historia.

Mi siguiente destino es la isla de Cozumel, a medio camino entre Tulum y Cancún y a la que se llega de forma rápida en ferry desde Playa del Carmen. Cozumel es famosa por sus fondos coralinos, que en 1961 visitó y popularizó Jacques Cousteau.



Pero Cozumel ofrece algo más que sus arrecifes de coral. Para empezar, esta isla ha sido testigo de algunos de los acontecimientos claves de la historia de Yucatán. Cozumel, o “lugar de golondrinas”, estuvo ocupada por los mayas durante unos 2.000 años. Con el ocaso de las grandes ciudades-estado mayas del Yucatán como Chichén Itzá y Mayapán, Cozumel floreció a partir de 1250 como puerto comercial en la ruta desde el Golfo de México y norte de Yucatán a Guatemala y Honduras y como centro ceremonial dedicado a Ixchel, la diosa de la luna. Descubierta por los españoles en 1518 y al año siguiente Cozumel fue la primera escala de la expedición comandada por Hernán Cortés que acabó conquistando el imperio mexica. Tras la llegada de los españoles y sus enfermedades, a partir de mediados del siglo XVII Cozumel permaneció deshabitada alrededor de 200 años, siendo ocasionalmente ocupada por piratas. En 1847, como consecuencia de la rebelión indígena maya en la península de Yucatán conocida como la Guerra de Castas, comenzó un proceso de repoblación al refugiarse en la isla los escasos habitantes de la costa. En la primera mitad del siglo XX, el auge de la explotación y comercialización del chicle, una resina extraída del árbol Chicozapote, hizo recuperar a la isla su histórico papel de importante puerto comercial. A partir de la década de los 60 ha sido el turismo el encargado de transformar radicalmente Cozumel. La historia de la península de Yucatán resumida en la historia de su principal isla.
Antes de acercarme a conocer sus fondos coralinos, decido pasar un día recorriendo la isla de Cozumel en bici. Son algo más de 70 km por una carretera perimetral que al final se me hacen eternos, pero que me permiten llegar a rincones solitarios de la mitad sur de la isla. Por el camino me acompañan los zopilotes y las iguanas, que corren a esconderse entre las rocas, en la densa masa de sargazos o bajo las escasas plantas de las dunas costeras. Hacia el interior, la vegetación se hace más abundante. Aparece el tasistal, dominado por una pequeña palma, seguido por una selva baja caducifolia y mediana subcaducifolia, en todo caso de escasa altura. Un pequeño cartel con la indicación “Protégelo. Mangle botoncillo. Conocarpus erectus”, me recuerda que en la franja costera de la isla también hay manglares.
Pero si algo destaca en Cozumel es la vida submarina. Mi última mañana en la isla me apunto a una excursión para practicar snorkeling entre los fondos coralinos. Aunque luce el sol, el mar está movido y el barco no se puede acercar a los mejores emplazamientos. Así que por esta vez me quedo sin disfrutar plenamente de los arrecifes de coral, uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta junto a los bosques tropicales.

Si el arrecife Mesoamericano es la segunda barrera de coral más grande del mundo, la Selva Maya es el segundo bosque tropical más extenso de América. Quiero conocer un poco las selvas de Yucatán, así que cambio las sandalias por las botas de monte. Sin embargo, decido dejar a mano las gafas y el tubo de snorkel.
La península de Yucatán está configurada por una meseta calcárea carente de ríos, en la que su superficie cárstica aparece agujereada por los cenotes, pozos de agua de gran profundidad, que se alimentan por la filtración de la lluvia y por las corrientes de las aguas subterráneas. En Tulum contrato una excursión a los cenotes Sagrado, Yum-Ha y Jaguar. Papel mojado, ya que sin más explicaciones me acaban llevando a otros cenotes menos conocidos en la zona de Akumal: Jaguar, los Aluxes y la caverna “Nohoch”. Me gusta que están muy poco masificados y que se encuentran en el interior de la selva de Quintana Roo.
A la entrada del cenote de los Aluxes me llama la atención un árbol que ya he aprendido a distinguir. Es un Chicozapote (Manilkara zapota), uno de los principales recursos forestales de la Selva Maya, cuyo látex, el llamado chicle, se mascaba ya en los tiempos de los antiguos mayas.
La Selva Maya se extiende por Belice, el Petén guatemalteco, las zonas bajas de Chiapas y el sur de la Península de Yucatán en México. En el camino entre el pueblo costero de Akumal y los cenotes del interior de la selva he podido comprobar que en el norte de Quintana Roo el bosque es de poco altura. Cuando le comento a una señora local que en esa zona los árboles son muy bajos, ella sonríe y me responde “¡claro, como nosotros los mexicanos!” Los suelos pobres y una marcada estación seca provocan que en el noreste de la península de Yucatán crezca una selva relativamente marginal, un bosque tropical seco compuesto por árboles bajos de hoja caduca. A medida que se avanza hacia el sur de Quintana Roo, las zonas bajas de Chiapas o el Petén, la pluviometría aumenta y el bosque se vuelve más alto y exuberante. ¡Es la Selva Maya!

La historia de la gestión forestal en las selvas de Quintana Roo se puede dividir en varias etapas. En una librería de Yucatán encuentro un interesante libro que me ayuda a comprender un poco esta historia: “La Selva Maya, conservación y desarrollo”. La gestión forestal en estas selvas comienza con los mayas, que las convirtieron en su hogar durante miles de años, hasta el colapso de su civilización. La historia continúa en la época de la Colonia, cuando la explotación de Palo de Tinte o de Campeche (Haematoxylum campechianum), utilizado como colorante de textiles en Europa representó el principal recurso extraído de las selvas de Yucatán.

Para comprender como sigue la historia, lo mejor es leer a sus protagonistas, como Hugo Galletti, director técnico forestal de la Asociación de Productores Ejidales de Quintana Roo, que en “La Selva Maya, conservación y desarrollo” escribe que:
“A principios del siglo XX, Quintana Roo estaba casi despoblado y cubierto prácticamente en su totalidad por selvas. La tierra era de propiedad nacional. La explotación forestal estaba a cargo de grandes concesiones anuladas después de la revolución. Con posterioridad la tierra, incluyendo los montes, fue entregada a campesinos de la región o a colonos, en su mayoría en propiedad ejidal. (…) Desde 1953 hasta 1983 operó en la región una concesión dedicada al aprovechamiento de maderas preciosas (caoba y cedro)(…) La empresa tenía acceso directo a los mismos y pagaba a los ejidatarios solo una cuota”.
Y la historia parece tener, de momento, un final feliz. A partir de 1983, con el término de la concesión maderera, el Gobierno puso en marcha el llamado Plan Piloto Forestal (PPF) de Quintana Roo, mediante el que se pretendía integrar a los ejidos en la gestión forestal de sus bosques. El PPF comenzó a implementarse a partir de 1983 en las selvas altas del sur de Quintana Roo y ha representado uno de los modelos de manejo forestal comunitario más exitosos de Latinoamérica.
Son mis últimos días en Yucatán y ya no tengo tiempo de acercarme a los ejidos forestales del sur de Quintana Roo. En su lugar, me conformo con seguir leyendo “La Selva Maya, conservación y desarrollo”. En uno de sus capítulos, Raimundo Terrón, ejidatario de Quintana Roo y uno de los fundadores del PPF, explica a Hugo Galleti qué es la selva para un campesino:
“Siento que se nos debe dar una participación muy fuerte a los campesinos para que podamos decidir cómo manejar nuestros recursos. Digo esto porque muchos se olvidan que los montes son nuestros, y si nos damos cuenta los campesinos somos los que estamos viviendo allí las 24 horas. Somos los protagonistas directos de lo que está pasando en la selva. Si los campesinos no tomamos medidas más decididas para proteger y aprovechar racionalmente la selva, lo que va a pasar es que se va a seguir destruyendo. Pero para que no se siga destruyendo la selva nos tiene que dar un ingreso para que tengamos interés en ella. Esto lo tienen que entender las gentes que se preocupan desde afuera: no es solamente por amor a la naturaleza como vamos a lograr que la selva se conserve. Si no se toman medidas para mejorar las condiciones de vida en la zona donde están los campesinos, los campesinos van a seguir tumbando monte. Les guste o no les guste, eso no lo podrán parar las autoridades, y quién sabe cuál será el futuro de estas selvas”.

La Selva Maya, conservación y desarrollo. Los antiguos mayas consiguieron levantar una de las civilizaciones más desarrolladas de su tiempo al abrigo de la Selva Maya, hasta que un día desaparecieron sin dejar rastro. Más de mil años después, para garantizar la supervivencia de la Selva Maya y la de las personas que la habitan, muchas de ellas descendientes de los antiguos mayas, parece imprescindible identificar alternativas económicas viables que detengan los actuales modelos económicos destructivos. El ecoturismo y la gestión forestal comunitaria se postulan como dos modelos complementarios para conseguirlo. Dos modelos que voy a tener la oportunidad de conocer en la Selva Lacandona y en las concesiones forestales comunitarias del Petén guatemalteco.
Mientras tanto, continúo con mis excursiones turísticas por la península de Yucatán. Estoy a punto de bajar al cenote de los Aluxes, en el que podré usar de nuevo mis gafas de snorkel.
El término cenote proviene del vocablo maya d´zonot, que significa algo así como “caverna con depósito de agua”. En el estado de Yucatán hay más de 7.000 cenotes y el cálculo todavía está pendiente para los estados de Campeche y Quintana Roo debido a las grandes extensiones selváticas en las que permanecen ocultos. Los cenotes se clasifican de acuerdo a su morfología, que está relacionada con la propia evolución del cenote. Los más jóvenes son los llamados cenotes de caverna; en los cenotes semiabiertos una parte está ya a la intemperie; en los cenotes abiertos la bóveda ya ha colapsado y ofrecen la típica imagen turística de los cenotes; por último, los cenotes antiguos se asemejan a lagunas o aguadas.

El cenote de los Aluxes es de tipo caverna. Como estamos prácticamente solos, podemos nadar y hacer snorkel tranquilamente en sus reposadas aguas, mientras la iluminación artificial de colores cambiantes realza la belleza de las estalagmitas y estalactitas que surgen encada rincón de la caverna.
Los aluxes son pequeños duendes mayas que viven en la selva y en los cenotes, a los que protegen. Si tratamos a los aluxes con falta de respeto, nos harán pequeñas travesuras o incluso nos podrán enviar un “mal aire” o enfermedad. Por ello, es habitual que los indígenas locales les dejen ofrendas en símbolo de respeto o para pedirles algún tipo de protección, como las que encontramos en la cercana caverna “Nohoch”.

El cenote del Jaguar es otra caverna inundada, que debe su nombre a los jaguares que se acercan hasta aquí para refugiarse y beber agua, como podemos comprobar por las huellas recientes de un gran felino en el barro junto a la entrada. A diferencia del escurridizo jaguar, hay un animal que se deja ver habitualmente en la cercanía de los cenotes. Es el pájaro Toh o ave de los cenotes, inconfundible por su peculiar cola que mueve como un péndulo y que la leyenda cuenta que por culpa de su vanidad se quedó sin plumas.
Por sus peculiares características, la fauna de los cenotes es única. Se pueden encontrar murciélagos, peces como el Bagre, la Anguila Ciega Yucateca o la Dama Blanca Ciega, hasta 53 especies de crustáceos diferentes y otros organismos “estigobiontes”, que habitanúnicamente ambientes acuáticos subterráneos, muchos de los cuales son ciegos y sin pigmentación.


Aunque me ha gustado la excursión a los cenotes tipo caverna de Akumal, no me quiero ir de Yucatán sin visitar alguno de esos cenotes abiertos, cilíndricos y de paredes verticales que tantas veces hemos visto en foto. En la siguiente etapa de mi viaje voy a tener la oportunidad incluso de bañarme en uno de ellos. Me dirijo a Valladolid y Chichén Itzá, en el estado de Yucatán.
En pleno centro histórico de Valladolid está el cenote Zací. En realidad, Zací también es el nombre de la antigua población maya que se levantaba en lo que ahora es Valladolid. Y no es casualidad. Ante la ausencia de ríos y otros cuerpos de agua superficial en el norte de la península de Yucatán, sus habitantes tenían que recurrir a los cenotes para solucionar la escasez de agua potable.


Pero no es Zací el cenote en el que me voy a sumergir. Entre otros muchos, he elegido el cenote Ik Kil, que se encuentra a solo 3 km de Chichén Itzá. Ik Kil es una cenote a cielo abierto en el que el colapso de la cúpula originó una abertura prácticamente circular 30 metros por encima de la lámina de agua. Desde lo alto del cenote descienden largas raíces de los árboles, como si fueran lianas, en busca del agua. Las raíces colgantes generan una atmósfera que evoca a las mismas raíces mayas del lugar. Como escribe el poeta maya A. Sulub, “Soy el agua del cenote recorriendo las entrañas de mi pueblo”. Yo también busco el agua del cenote y me doy un baño en este pequeño pozo que alcanza los 48 metros de profundidad. Sin embargo, la comunión con el entorno no puede ser plena. Al igual que yo, un nutrido grupo de turistas ha decidido que la mejor manera de soportar el calor yucateco es bañarse en las frías aguas de Ik Kil. Y los turistas nos hemos convertido en una amenaza para la conservación de la rica biodiversidad de los cenotes al contaminar las en su día sagradas aguas con cremas protectoras y repelentes de insectos.
Muy cerca, en el recinto arqueológico de Chichén Itzá se encuentra otro cenote reseñable: el cenote Sagrado o de los Sacrificios. Los antiguos mayas consideraban que los cenotes eran portales de entrada al inframundo o Xibalbá. Según la leyenda, al cenote Sagrado de Chichén Itzá se arrojaban mujeres vírgenes como ofrenda a los dioses. Las investigaciones arqueológicas del cenote Sagrado han recuperado, y en ocasiones saqueado, numerosas ofrendas como objetos de cobre y oro, collares, máscaras, anillos, así como abundantes cráneos y otros huesos humanos. Estos restos pertenecían a individuos de ambos sexos y diversas edades, lo que pone en entredicho la leyenda del sacrificio de vírgenes.

Los cenotes posibilitaron el desarrollo de la civilización maya y son un reflejo de su cosmovisión, en la que simbolizan el punto de unión entre el mundo terrenal y el inframundo. En nuestra mano está que la protección de los cenotes simbolice el punto de unión entre el mundo maya y el mundo desarrollado. Por desgracia, al turismo de masas y la agricultura y ganadería intensivas se ha unido recientemente una nueva amenaza para este frágil ecosistema: el proyecto del Tren Maya.

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