Bocas del Toro
En la semana escasa que llevo en Panamá he callejeado por Ciudad de Panamá; me he acercado hasta las esclusas de Miraflores para conocer cómo funciona el Canal de Panamá; me he internado en las selvas que alimentan de agua al Canal; he conocido a los indígenas Embera que habitan esas selvas; he escuchado a los investigadores de los bosques tropicales en la isla de Barro Colorado; y he disfrutado de las paradisiacas islas caribeñas de Guna Yala. Y para el final he dejado la guinda. Voy a pasar un par de días en Bocas del Toro.

Bocas del Toro es un archipiélago de islas bordeadas de manglares frente a la costa caribeña del norte de Panamá. Está compuesto por nueve islas principales y una multitud de pequeños islotes y cayos. Me alojo en Isla Colón, la más poblada y en la que se encuentra el aeropuerto y la mayor parte de la infraestructura turística. Desde que llego ya me doy cuenta de que Bocas del Toro es mucho más turístico que Guna Yala. Desde el aeropuerto llego caminando a mi pequeño hotel en el centro de Bocas Town y, sin más demora, averiguo cómo ir a las playas del norte de la isla.

El bus me lleva hasta Bocas del Drago, donde aprovecho para tomar unos camarones y una cerveza en un comedor junto a la playa. Desde allí sale un bucólico camino que, tras discurrir junto a playas solitarias con palmeras, llega hasta Playa Estrella, que como indica su nombre está llena de estrellas de mar. Y en Playa Estrella se acaba la tranquilidad.


Chiringuitos con música reguetonera, canoas con turistas, motos acuáticas, flotadores, policías y militares patrullando,… Dentro del agua, las estrellas de mar parece que no se enteran del bullicio a su alrededor. Por lo menos, parece que la gente respeta las indicaciones de que no se las toque. Hasta hace poco era habitual que los bañistas las agarraran para sacarse fotos, con lo que las estrellas acababan muriendo de stress.
Yo también me alejo del stress playero y camino hasta un extremo de la playa, donde pasear junto a los manglares me devuelve mi perdida paz interior.

El segundo y último día en Bocas del Toro lo dedico a un tour en barca a las islas cercanas que conforman el Parque Nacional Marino Isla Bastimentos. El Parque fue creado en 1998 para preservar sus extraordinarias playas, arrecifes de coral y manglares. El día promete.
Sin embargo, la primera parada resulta un poco decepcionante. En la Bahía de los Delfines nos juntamos unas diez o quince lanchas persiguiendo a los grupos de delfines cada vez que asoman a la superficie. Aunque las lanchas intentan no acercarse demasiado a los delfines, imagino que la visita diaria de turistas les tiene que ocasionar un importante stress.


Obviando la aglomeración de lanchas, el entorno es magnífico. La costa de la Bahía de los Delfines está completamente cubierta por manglares, entre los que domina el Mangle Rojo (Rhizophora mangle). Tras observar un rato a los delfines partimos hacia el siguiente destino. En Cayo Coral nos damos el primer chapuzón entre los corales, aunque el arrecife es menos espectacular que el de Guna Yala.

Ya en el interior del Parque Nacional, desembarcamos en Cayo Zapatillas 2. Casi todos los visitantes se quedan en la playa junto al muelle. Un panel anuncia un camino que recorre gran parte de la isla, así que me pongo a andar. Es el Sendero las Bromelias, en el que se recorre lo que un folleto interpretativo define como “el bosque detrás del arrecife”. Partiendo de la casa del Parque, el sendero se interna pronto en una zona pantanosa en la que se asienta un bosque de Sangrillos (Pterocarpus officinalis), que deben su nombre a su llamativo látex rojo. Parece que los grandes ejemplares de Sangrillo se resisten a morir y de sus troncos caídos rebrotan otros grandes troncos que los reemplazan mediante reproducción vegetativa. Las copas parecen adornadas por gran cantidad de Bromelias, plantas epífitas que crecen sobre los árboles con sus llamativas hojas en forma de roseta. Al salir de la zona pantanosa, el sendero se interna en un paisaje completamente distinto en el que los Cocoteros exhiben sus grandes penachos de hojas en lo alto de unos finos troncos completamente tapizados de Bromelias.


Los Cayos Zapatillas son dos islotes deshabitados en los que solo viven los guardaparques. Diariamente llegamos grupos de turistas a disfrutar de sus playas, arrecifes y cocoteros, sabiendo nos tenemos que marchar a media tarde. La noche está reservada para las tortugas marinas, que encuentran en estas playas desiertas y libres de contaminación lumínica un hábitat perfecto para desovar.
A los Cayos Zapatillas también acceden algunas familias Ngäbe que viven en otras islas cercanas. Como los turistas, llegan por los cocoteros. Pero no buscan bucólicos paisajes de postal, sino los cocos que les proporcionan un importante recurso económico.


Hambrientos tras los chapuzones y las caminata regresamos a Cayo Coral para comer en un restaurante construido sobre el mar. Como no podía ser de otra manera, el restaurante está especializado en los frutos del mar y yo elijo un mixto de marisco. Tras la comida visitamos una playa llena de estrellas de mar. Para completar la jornada, en el camino de vuelta nos acercamos a la frondosa costa de Isla Bastimentos. El piloto de la lancha nos dice que está buscando a su “brother”. De pronto lo encuentra. Tenemos que fijarnos bien para descubrir entre las ramas a un perezoso que nos observa inmóvil. Un objetivo fácil para mi cámara de fotos.
La convivencia entre los diversos grupos Ngäbe viven en la zona de amortiguamiento del Parque Nacional y los turistas no está libre de conflictos. A diferencia de las islas de Guna Yala donde el pueblo Guna controla el turismo y ha optado por un modelo que conjuga su desarrollo económico con la conservación de su cultura y su naturaleza, en Bocas del Toro el turismo está en gran parte en manos de la iniciativa privada. Los indígenas Ngäbe ven con preocupación la explotación de los recursos naturales por parte de foráneos; recursos que incluyen manglares, arrecifes de coral, delfines e incluso los peces que han pescado de forma tradicional.


En mi última noche en Bocas de Toro es luna nueva, lo que aprovecho para un último tour en lancha que anuncian para ver la luminiscencia. Voy solo con el piloto y su asistente. Al llegar al punto indicado, me sumerjo en el mar. Según muevo las manos al nadar se iluminan montones de puntos que parecen bailar a mi ritmo. Es microplancton. Además, al iluminar con una linterna las algas marinas también lucen como si tuvieran hileras de pequeños focos. Mientras nado rodeado de estas pequeñas luces pienso que la luminiscencia que realmente está de moda en Bocas del Toro es la de las discotecas y sus noches de reguetón.
Por mi parte, me quedo con otros modelos ecoturísticos de Panamá: el de las comunidades de Guna Yala; el de los investigadores de Barro Colorado; el de los indígenas Embera en el río Chagres; el de los bosques del Canal.


0 comentarios