Progreso:

La selva de los mayas (5.1 de 5)

5. La selva de los lacandones

5.1. Ecoturismo con los lacandones

Se estima que las selvas tropicales húmedas llegaron a extenderse en México por unos diez millones de hectáreas. De ellas, solo persiste algo más de un millón de hectáreas: la mitad en los Chimalapas y la otra mitad en la Selva Lacandona.

La Selva Lacandona ocupaba originalmente 1.800.000 hectáreas, que se han reducido a menos de una tercera parte. Las altas tasas de deforestación han sido provocadas para su transformación a un uso ganadero extensivo y por una agricultura de autoconsumo y condicionada por las altas tasas de pobreza y marginación social de la población local.

Para proteger las selvas que aún perviven, en 1978 se decretó la Reserva de la Biosfera Montes Azules, que con una superficie de 331.200 hectáreas es el área protegida más grande de la región. A partir de la década de los 90 se han declarado en la Selva Lacandona otras seis áreas protegidas, entre las que destacan los Monumentos Naturales de Yaxchilán y de Bonampak que acabo de conocer.

Canxan (Terminalia amazonica)
Canxan (Terminalia amazonica)

La mayor parte de la Reserva de la Biosfera Montes Azules está ocupada por bosques húmedos tropicales. La selva alta perennifolia se caracteriza por la gran diversidad de árboles, que pueden alcanzar hasta los 60 metros de altura y la abundancia de bejucos y plantas epífitas. Son comunes especies como la Caoba, el Cedro, la Ceiba o el Canxan. La selva mediana subperennifolia se diferencia en que parte de los árboles pierden la hoja durante la estación seca. Aparecen especies como el Palo Mulato, el Ramón o el Chicozapote.

En las selvas de Montes Azules habitan animales tan reseñables como el jaguar, el ocelote, el mono araña, el mono aullador o saraguato, el águila harpía, el zopilote rey o la guacamaya roja.

Ceiba (Ceiba pentandra)
Ceiba (Ceiba pentandra)

Y además, la selva está habitada por los hombres. Aproximadamente un 75 % de la Reserva de la Biosfera Montes Azules son bienes comunales que pertenecen a los indígenas lacandones, la llamada “Zona Lacandona”. El resto son fundamentalmente terrenos ejidales de otras etnias mayas. Pronto descubriré que la tenencia de la tierra es una de las principales fuentes de conflicto social en la Selva Lacandona.

Tras visitar Bonampak, mi siguiente destino es la comunidad lacandona de Lacanjá Chansayab, a unos pocos kilómetros de distancia de Bonampak y a las puertas de la Reserva de Montes Azules. En los dos próximos días intentaré conocer un poco a los lacandones y a su selva, la Selva Lacandona.

Matapalo
Matapalo

El microbús que nos ha traído desde Palenque en un viaje organizado a las ruinas mayas de Yaxchilán y Bonampak deja a mis compañeros de excursión en unos campamentos turísticos al final de la carretera que atraviesa Lacanjá Chansayab. A mí me tiene que acercar a otro alojamiento, el Centro Ecoturístico Río Chuc Tej, que se localiza en el otro extremo de la aldea.

El número de lacandones apenas alcanza los mil individuos, que se distribuyen en tres asentamientos principales. Lacanjá Chansayab es la mayor de estas comunidades lacandonas, aunque apenas supera los quinientos habitantes. La comunidad está estructurada en caseríos familiares dispersos a lo largo de las principales vías. Mientras el autobús busca mi “nueva” casa, compruebo la cantidad de grandes carteles que anuncian campamentos “ecoturísticos”. En Lacanjá, gran parte de los lacandones se dedican, aunque sea parcialmente, al turismo.

Lacanjá Chansayab
Centro Ecoturístico Río Chuc Tej

Compruebo sorprendido que el conductor no conoce el camino a mi alojamiento. Incluso tengo que indicarle yo el desvío, que señala uno de los carteles al borde de la carretera. El campamento Río Chuc Tej se ubica al final de una pista secundario, entre fincas de cultivo. Mi habitación está en un pequeño edificio reformado en la parte trasera de la vivienda familiar.  Otro edificio sencillo hace la función de cocina y salón comedor, que es todo para mí ya que soy el único huésped.

El turismo no llegó a las comunidades lacandonas hasta finales de los 90, aprovechando la atracción que ejercían los cercanos sitios arqueológicos mayas de Yaxchilán y Bonampak. A partir de 2001, el Gobierno fomentó la instalación de campamentos turísticos en Lacanjá, con una visión de promover un ecoturismo basado en el contacto directo con la naturaleza, la promoción de la conservación y la participación de la comunidad local en el proyecto. Actualmente, en Lacanjá existen más de dieciséis campamentos turísticos, casi todos operados por lacandones. Y me parece percibir que las agencias turísticas de Palenque centran su oferta en unos pocos alojamientos.

Indígena lacandón

Mientras ceno en mi alojamiento, se acerca para conversar Manuel, el patriarca de la familia. Viste la túnica blanca tradicional de los lacandones y su clásico pelo negro y largo se ha transformado en canoso con la edad. Manuel me cuenta que tiene seis hijos y seis hijas, de los que todos los varones y una hija continúan viviendo en la comunidad y que en general los jóvenes prefieren quedarse en Lacanjá. Me dice que antes solo los hombres se podían casar con mujeres no lacandonas, pero que las cosas han cambiado y ahora las mujeres también pueden. Y que él no se casó hasta los treinta años, porque prefería andar por la selva, de la que solo teme a las serpientes y en particular a la nauyaca.

Por encima de la imagen icónica que se proyecta de los lacandones, como los últimos descendientes de los antiguos pobladores de la Selva Maya, con sus túnicas blancas y su larga melena negra, ellos prefieren mostrarse al exterior como un pueblo en armonía con su selva.

Además de alojamiento, los lacandones ofrecen servicios turísticos complementarios como rutas de senderismo por la selva, visita a cascadas o rafting en el río Lacanjá. Estos servicios son el principal valor añadido de la oferta ecoturística de Lacanjá Chansayab, ya que facilitan que los lacandones nos muestren a los turistas su vinculación con la selva en la que viven y a la que respetan.

Ya había reservado en una agencia de Palenque una caminata por la selva hasta la cascada de las Golondrinas de Lacanjá. Para planificar el resto de actividades, me acerco a Aventuras Chankín, a los que he conocido gracias a su página web y que están en el caserío vecino a mi alojamiento. Daniel Chankin me propone una caminata mañanera hasta la cascada de Corcho Negro y un rafting a la tarde, aprovechando que ya hay un grupo formado. Además, me ofrece un descuento por contratarlo con ellos y no a través de las agencias de Palenque, las mismas que concentran a los turistas en unos pocos campamentos.

Mi guía lacandona

A la mañana siguiente me está esperando una lacandona, creo que la mujer de Daniel, para hacer el recorrido a la cascada de Corcho Negro. A diferencia de la túnica blanca de los hombres, las mujeres lacandonas visten tradicionalmente una túnica colorida, como la que parece mimetizar a mi guía con la selva. Gran parte de los senderos en Lacanjá son privados y no está permitido que los turistas nos internemos por ellos en la selva por nuestra cuenta. Dicen que por seguridad. El camino es un sendero interpretativo, con carteles con los nombres de los árboles y frases de respeto a la naturaleza. Unos carteles que reflejan el conocimiento y el respeto a la selva de los lacandones.

cenote Janaj Ru’ um
cascada de Corcho Negro

Ha sido una estupenda caminata por la selva que finaliza con un también estupendo chapuzón en la cascada de Corcho Negro y en el cenote Janaj Ru’ um, que dicen que está custodiado por una nauyaca.

Por la tarde, me espera el rafting en río Lacanjá. Parte del grupo se arrepiente a última hora, con lo que me echo al agua con otros dos turistas mexicanos y los dos guías. Los ríos son un componente relevante de la Selva Lacandona, ya que configuran el ecosistema y han servido tradicionalmente de medio de comunicación a los que se han internado en sus casi impenetrables profundidades. Los lacandones se han desplazado por estas aguas con canoas elaboradas con el tronco de un solo árbol, habitualmente Caobas. Nosotros descendemos el río en una balsa, de la que varias veces nos tenemos que bajar para salvar de un salto pequeñas cascadas. En la Selva Lacandona el río es movimiento y por un rato nos movemos con él.

Ceiba
Rafting en el río Lacanjá

En la excursión del último día vamos hasta la Cascada de las Golondrinas de Lacanjá. El guía es un joven lacandón con el pelo corto, visera y ropas occidentales.  En el fondo celebro que la decisión de vestir la indumentaria tradicional no sea solo un modo de contentarnos a los turistas. Lo que sí que conserva nuestro joven guía es el conocimiento de la selva y de los usos de su extraordinaria biodiversidad. Me alegro de poder caminar por la selva en compañía de los lacandones.

Resina que usan los lacandones como pegamento
Amate

Ya empiezo a reconocer por mi cuenta algunos árboles habituales como la Ceiba y la Caoba. El guía nos muestra varias especies que todavía no había visto en estas selvas, como el Guanacaste (Enterolobium cyclocarpum); otros árboles de los que extraen la resina para usarla como pegamento o un veneno para cazar; el Balché (Lonchocarpus longistylus), un árbol sagrado de los mayas de cuya corteza obtienen los lacandones una bebida ritual; la majagua, de la que usan la corteza para trenzar mochilas; o el Amate (Ficus insipida), con cuya corteza blanquecina elaboran bolsas que nos venden a los turistas.

Ciudad Perdida de Lacanjá
Ciudad Perdida de Lacanjá
Cascada de las Golondrinas de Lacanjá
Cascada de las Golondrinas de Lacanjá

Recorremos la selva con la mirada que se nos pierde en lo alto del dosel, hasta que de pronto nos topamos con una grata sorpresa a nuestras pies. Son las primeras piedras de la Ciudad Perdida de Lacanjá, que permanece realmente perdida en el interior de la selva. Estas ruinas apenas han sido exploradas por los arqueólogos, por lo que todavía esconde muchos de los secretos de los antiguos mayas que un día habitaron estas selvas. Y para acabar la excursión, nada mejor que un nuevo chapuzón, esta vez en la Cascada de las Golondrinas de Lacanjá.

En estos dos días de caminatas por la selva junto a los lacandones solo he echado una cosa de menos. Apenas hemos visto fauna. Si acaso unos inquietos colibríes que revolotean junto a mi campamento o un turipache de ribera o basilisco que inmóvil se deja fotografiar. Parece ser que gran parte de la rica fauna de la Selva Lacandona se ha alejado de estos senderos huyendo de la presencia de turistas.

Espero que el continuo crecimiento del ecoturismo en las comunidades lacandonas no aleje también a este pueblo de su forma de vida tradicional. Que sea un turismo sostenible que contribuya a disminuir los altos índices de marginación que todavía soportan los lacandones, pero sin alterar su cultura ni al entorno en el que viven: la Selva Lacandona.

Colibrí
turipache de ribera o basilisco

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