Los Dupá. Un pueblo de los montes Vokre
De repente, un barullo de voces nos anuncia que estamos llegando a Beré, el poblado Dupá en el que pasaremos un par de días. Ya puedo volver a jugar a aprendiz de antropólogo a lo Nigel Barley.

Mientras escribo este relato, repaso mi libreta de campo y tras la anotación “Poblado BERÉ”, bien subrayado, hay dos páginas en blanco. Hace ya dos meses que regresé de Camerún y por fin me decido a escribir sobre esas escasas 24 horas que compartimos con los Dupá.
El poblado Dupá se asienta en las laderas del monte Nyinga, en un rellano con amplias vistas al valle. A la entrada, un formidable Cailcedrat preside una explanada que conforma la principal zona de reunión. Al fondo se distribuyen las casas y los graneros sin un orden aparente.
A la entrada del poblado, un joven se afana en un telar por terminar una larga mortaja sin prestarnos especial atención. El jefe nos espera bajo el gran árbol central, avisado de nuestra llegada por los porteadores, que hace ya un rato que llegaron con la comida y las tiendas de campaña. El encuentro es extraño. El jefe nos da la bienvenida pero no parece que tenga claro cómo actuar. Lo primero que hace es convocar a todo el pueblo. Las mujeres se sientan en semicírculo junto a nosotros y los hombres más apartados. Un extraño personaje, parece ser que el brujo, permanece solitario escrutándonos con seriedad.
De pronto, el jefe inicia una actividad frenética, desapareciendo repetidas veces entre las chozas y regresando cada vez con un nuevo artilugio. Nosotros permanecemos en silencio, expectantes. Nos esperábamos el típico y artificial recibimiento a un grupo de turistas y nos encontramos con algo que parece muy distinto. Con la ayuda del traductor que nos acompaña, el jefe nos afirma que nunca había visto a cinco blancos juntos en su poblado y pregunta si somos policías o misioneros. No acaba de creerse que somos turistas que venimos a conocer sus costumbres desde muy lejos, ni que ese muy lejos es mucho más lejos incluso que Garoua, que está a unos 150 km.
Entonces empiezan sus idas y venidas hiperactivas. Primero nos extiende unas esterillas para que nos sentemos junto a las mujeres, que permanecen calladas pero sonrientes, divertidas ante el comportamiento aturullado del jefe. Después aparece con una campana, con la que convoca a todos los vecinos del valle, avisándoles de la presencia de unos extranjeros en Beré. A la siguiente regresa con un recipiente con un líquido y unas ramillas, con los que organiza una ceremonia de bienvenida que consiste en salpicarnos y escupirnos el potingue. A continuación nos muestra sus habilidades encendiendo fuego en un momento sin mechero ni cerillas. Por último, como símbolo de acogida y ante el asombro de nuestro guía Abdoul, nos regala un cabrito vivo, que degustaremos esa misma noche.

Pero la ceremonia no ha terminado aún. El jefe ya nos ha dado su bienvenida, pero falta que nos acepten las mujeres. Aunque a la vista de sus risas, intuimos que hacía tiempo que ya nos han acogido. Llega nuestro turno. Nos presentamos uno a uno y explicamos a qué nos dedicamos, tras lo que las mujeres irrumpen en un rítmico aplauso como símbolo de conformidad. Por supuesto, todos pasamos la prueba, aunque nuestro guía se las tiene que ingeniar para explicarles algunas de nuestras profesiones, como la del técnico en energías renovables. Cuando explico que soy ingeniero forestal, las mujeres aplauden sin pena ni gloria.

A partir de ese momento, nos dedicamos por un día entero a compartir los quehaceres cotidianos de los Dupá, que nos muestran con orgullo y cercanía. Para romper el hielo, lo más práctico es de nuevo el humor. Un intento lastimoso de lanzar flechas con sus arcos de caza les convence, al menos, de nuestro escaso peligro. También resultan sorpresivamente efectivos nuestros teléfonos, tanto para sacarles fotos que revisan con ilusión como para compartir imágenes de nuestras propias familias.

El día discurre al ritmo lento de los Dupá. Observamos cómo muelen el mijo que guardan en los graneros para preparar la cena a los niños, cómo hilan el algodón, cómo tejen, o cómo preparan la cerveza de mijo o bil-bil, preludio de la fiesta que preparan para la noche.
Para la cena tenemos cabrito asado, el que nos ha regalado el jefe. Nos sentamos bajo el gran árbol y compartimos sitio con uno de los diversos grupos que se van reuniendo al calor de pequeños fuegos. Va llegando cada vez más gente del valle, para participar en la fiesta y para ver a esos cinco blancos que se comenta que han subido hasta Beré. La cerveza de mijo resulta ser una especie de papilla con un ligero toque alcohólico. Con hospitalidad, me ofrecen un recipiente a rebosar de bil-bil. No me queda otra que beberlo hasta el final, o casi podría decir que comerlo, tras lo que les hago ver que ya estoy satisfecho, o casi podría decir que empalagado.
La velada transcurre entre conversaciones por gestos hasta que el sonido de cantos, tambores y cencerros da inicio a la fiesta. Nos sumamos al baile hasta que el cansancio por este largo e intenso día nos empuja a retirarnos poco a poco a nuestras tiendas de campaña. Mientras tanto, el jolgorio se alarga posiblemente hasta la madrugada.
A la mañana, el poblado está de nuevo en calma. Los visitantes del valle ya se han ido y compartimos estas primeras y frías horas del día con las mujeres de Beré, ataviadas únicamente con su habitual taparrabos de hojas. La única joven que habla francés, nos confiesa que a esa hora suelen ponerse ropa de abrigo hasta que empieza a calentar el sol, pero que se han vestido al modo tradicional en deferencia a nuestra presencia.
Antes de marchar, visitamos el bosque sagrado junto al jefe y los jefes religiosos. Tras los festejos, a la mañana presentan una ofrenda a los antepasados con la cerveza de mijo o bil-bil elaborada para la noche anterior. El bosque sagrado está muy cercano al poblado y nada tiene que ver con ese conjunto de soberbios árboles, puede que Ceibas o Baobabs, que nos imaginamos.

Al contrario, a las afueras del poblado, los Dupá se detienen junto a dos pequeños arbolitos que hacen de entrada al bosque sagrado. A un lado, un granero que guarda diversos elementos simbólicos aporta un halo de misticismo a la escena. Antes de cruzar, el jefe y el brujo se quitan los gorros y tras una pequeña ceremonia nos invitan a acceder al bosque. Aunque las mujeres Dupá no tienen permitido entrar en el bosque sagrado, con las turistas parece hacerse una excepción. Ya en el interior del bosque sagrado llega el momento de la ofrenda a los antepasados. Los tres jefes se acercan a una pequeña acumulación de ánforas de barro y piedras redondeadas, sobre las que vierten con parsimonia y reverencia la cerveza de mijo.
De vuelta al poblado y antes de despedirnos, Abdul les entrega nuestros presentes: arroz, fósforos y jabón. Las mujeres se acercan con sus cuencos de calabaza para recibir sus raciones de arroz. El jefe se muestra incómodo ya que hay bastante más gente que el día anterior, cuando llegamos. Con la intención de conseguir un poco de arroz, se han acercado algunas mujeres de los poblados cercanos. Incluso se han vestido con los taparrabos de hojas, habituales en Beré pero no en los poblados Dupá del valle. Sin embargo, el jefe ordena repartir un cuenco de arroz a cada una de las mujeres, reservando el resto para su posterior distribución entre los habitantes de Beré.

Por fin llega el momento de partir. Nos ponemos las mochilas y empezamos a despedirnos de nuestros anfitriones. Sin embargo, queda una última sorpresa. Entre las chozas, aparecen los músicos con sus tambores y sus cencerros y un bailarín con una extraña túnica con cuernos ejecuta una danza, esta vez sí, de despedida.

Nos alejamos silenciosos, sin el habitual torbellino de comentarios, risas e ironías que suele desatar en un grupo de turistas cualquier experiencia “exótica”. Caminamos absortos en nuestras propias reflexiones intentando digerir esta corta vivencia con los Dupá, que por algún motivo nos ha tocado la fibra.
Mi pensamiento se enfoca en las miradas. Al llegar al poblado eran miradas de desconcierto, las de los Dupá y las nuestras. “¿Qué pintáis aquí?”, parecía que nos preguntaran los Dupá y que nos preguntábamos nosotros, mientras se palpaba la incertidumbre mutua. Pero estas miradas se tornaron cálidas y cercanas en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que tardaron los hombres y sobre todo las mujeres Dupá en aceptarnos y acogernos en su poblado. Seguramente nuestras miradas se mantuvieron por más tiempo algo tímidas y distantes, hasta que comprendimos que nos estaban ofreciendo compartir su día a día, con humildad y generosidad y que sólo podíamos corresponderles de la misma manera. Las miradas mutuas de complicidad y empatía en la despedida consiguen que nos alejemos emocionados y agradecidos.

Me pregunto qué somos capaces de ver o de aprender en una vivencia tan impactante como la que acabamos de tener. Para intentar responderme, vuelvo a las teorías antropológicas…
La mirada. Lo que vemos no es más que nuestra propia perspectiva sobre la realidad, no la realidad misma. Y esta perspectiva está condicionada por nuestra relación activa con lo que queremos conocer y nuestros condicionamientos previos y prejuicios. Ya que solo vemos lo que somos capaces de ver, deberíamos tratar de ver cada vez más y mejor. Para ello, es necesaria una mirada más reflexiva, que parta del autoconocimiento y relativice nuestra verdad. Se trata de huir del pensamiento simplificante, en el que sólo es real lo inteligible y lo racional, y que elimina lo extraño y lo que no sabemos comprender. Se trata de ampliar el ángulo de la mirada, de lo singular a lo universal. Y se trata de evitar el etnocentrismo, de no analizar una cultura o realidad social desde el marco de otra, la nuestra. Se trata de mirar con humildad.
La información. Los datos recabados en una entrevista o conversación corresponden a la realidad que el interlocutor construye en su relación con nosotros. Por eso, resulta necesario conocer la relación entre ambos, lo que implica de nuevo un autoreconocimiento desde el que interpretar al otro. La información también nos puede venir de fuentes secundarias, ya sea un guía como el bueno de Abdoul, los libros o Internet. Aquí el trabajo es doble, ya que hay que entender los principios de los que se nutren nuestras fuentes, siempre subjetivas. Hay que interpretar al que interpreta.
Hace ya bastantes años que me gusta viajar por diversos rincones del mundo, al encuentro de nuevas miradas. No dejo de preguntarme cómo es la mía, cuál es la perspectiva que soy capaz de ver de la realidad, cuál mi enfoque, cuáles mis aprendizajes. Estos relatos forestales viajeros son un intento de enfocar mi mirada. Un intento de que tantas experiencias, como este encuentro con los Dupá, no queden en unas bonitas fotos y unos vagos recuerdos.


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